De Arthur Conan Doyle, creador de
Sherlok Holmes, se llegó a contar que cuando llegó a
París y subió a un taxi se encontró con que el
taxista, admirador de su literario detective, pasó a
exhibirle su poder de deducción: "Doctor Doyle, por
su aspecto veo que ha estado recientemente en
Constantinopla. Tengo motivos para pensar también que ha
estado en Budapest y me atrevería también a afirmar que
no ha andado lejos de Milán". Asombrado el
pasajero, le ofreció cinco francos por revelarle como lo
adivinaba. "Me he fijado en las etiquetas pegadas a
sus baúles", explicó el taxista. Esta escena nunca
existió, según Doyle, pero sirve para ilustrar una
evidencia. Con el mismo poder de deducción que el
taxista, se veía venir que para Alejandro Agag no
iba a ser fácil ejercer a un tiempo de político y yerno
de Aznar. Su anuncio de que abandona la política puede
sorprender, pero resulta lógico. Como secretario en
Moncloa de su futuro suegro de 1996 a 1999 y como
secretario del PP Europeo desde 1999, a Agag le ha tocado
jugar en un plano que la multitud apenas percibe, en una
dimensión mucho más cómoda que la que ocupan los de
primera línea, los que se convierten en carne de
cañón. A Agag no le debe de haber sentado nada bien el
reciente reportaje de un semanario que no sólo le lucía
en portada sino que ponía al descubierto su personalidad
ambiciosa y sus calculados compadreos para promocionarse.
Convertirse en hijo "político" de Aznar es ya
el rizo del rizo. Tampoco debe estar acostumbrado a la
crítica en público y a que le señalen como cabecilla
del "clan de Becerril", ese grupo de jóvenes
populares que superan la treintena de años y que durante
el último congreso del PP se iba a comer y a dejarse
fotografiar el hijo de Suárez a su lado a un
hotel, pasando del menú congresual. Dadas sus
ambiciones, su retirada parece un gesto de prudencia
temporal más que su huida definitiva. Y eso lo
adivinaría hasta el taxista de París. 
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