Fujimori es de los que se gustan a
sí mismos. Así que no ha dudado en aceptar el reto de
ser conferenciante en la Universidad Takushoku de Tokio,
aprovechando que Japón le guarda entre algodones y le
rinde agradecimiento por despejarle, cuando mandaba a su
antojo, la embajada en Perú de terroristas. Casi todo
infeliz que pasa por la política padece de lo mismo, de
quererse mucho, si bien los acontecimientos ponen a cada
ejemplar en su lugar: en el muy concurrido lado de la
mediocridad o en el más raro y apreciado de los
estadistas. Con galones sobrados para figurar en el
primer grupo, Fujimori no pasó de ser una calamidad para
Perú. Y, de hecho, no halló otra salida que fugarse a
Japón, dándole esquinazo a la justicia de su país. Los
regímenes de Sudamérica padecen a menudo de esa
alternancia entre el autoritarismo populista y el
militar, alternancia que promete grandes espectáculos de
sus dirigentes. No parece importar cómo se llega al
poder si al final los resultados coinciden: abuso de
autoridad, limpieza de contrarios, libertades heridas y
más poderes, cambiando la Constitución, para el
presidente o general. El cara de Fujimori, que se
conserva a cubierto por dónde asoma el sol naciente,
podría dar conferencias de otras muchas cuestiones en su
refugio asiático. Tras su estreno hablando sobre
terrorismo, seguro que lo suyo da para un curso entero.
Podría instruir sobre cómo hacer teatro ante las masas,
contar con pelos y señales intrigas de corrupción
política, explicar lo gratificante que resulta oír a
sus aduladores, aleccionar sobre caciquismo andino y
técnicas de soborno, o prestarse a dirigir prácticas
para quitarse de en medio a los adversarios. Todo es
querer. Y si Fujimori quiere puede consagrase como
docente mientras Perú confía en recuperarlo para que
pronuncie allí, también, otras conferencias y responda
en algún coloquio a los jueces. Ganas de oírlo, desde
luego, tienen. Con el permiso de Japón. 
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