Nos dolemos y nos preguntamos cómo
Argentina, que hace casi un siglo estaba entre los diez
países más favorecidos del mapamundi, que acogió a
miles de inmigrantes a los que enriqueció y recibía
piropos como "granero" internacional, se ha
superado a sí misma en su propio caos. Mario Vargas
Llosa acaba de publicar un artículo cuyo título
resume esa perplejidad: "¿Por qué? ¿Cómo?".
El título es, en cierto modo, una reincidencia de lo que
otros muchos han intentado explicarse estos días: los
motivos que han llevado a unos sucesos que,
incomprensiblemente, han sorprendido a los no argentinos.
El colapso, en cambio, estaba anunciado, como se anuncia
un estreno de cine. "Han aumentado los riesgos de
que la crisis argentina entre en una espiral",
avisaba cierto informe de Merrich Lynch conocido en julio
de 2001 y tachado de alarmista, con prontitud, desde
Buenos Aires. "La voracidad de los vivos se
regodeará con la rapiña, pero el país que comandan
el barco en que navegan terminará por
hundirse junto a ellos", imaginaba el ensayista
Marcos Aguinis hace unos meses en su libro "El
atroz encanto de ser argentinos", volumen
esclarecedor y crítico editado allí por Planeta, del
que hay que lamentar que no se haya distribuido en
España. La opinión de Aguinis importa porque viene de
dentro, del conocimiento de un modo de ser argentino que
se ha impuesto sobre otros modelos. Él mismo recuerda
que el mejicano Mario Moreno, el inolvidable
Cantinflas, llegó a diagnosticar que Argentina estaba
compuesta "por millones de habitantes que quieren
hundirla, pero no lo logran" humorada que
parece ahora optimista y que el economista Paul
Samuelson ya patentó, en tiempos en los que existía
la URSS y sus satélites, una curiosa distinción de
países en cinco categorías económicas: los
capitalistas, los socialistas, los del "muy
heterogéneo" Tercer Mundo, Japón y Argentina. 
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