Aunque no nos soplen gaitas como a Fraga,
todos los españoles procedamos de Andalucía,
Valencia, Castilla o Cataluña somos
"gallegos" para los argentinos. Peor es lo de
los chilenos, que al parecer acostumbran a llamarnos
"coños", hasta el punto de que en la guerra
civil llegaron allí un buen número de exiliados, parte
de los cuales fueron recibidos con una pancarta sobre la
que podía leerse un alborozado mensaje de bienvenida:
"¡Viva los coños republicanos!". El caso es
que los argentinos lo están pasando mal con sus ajustes
económicos de urgencia, pero no pierden el humor. Son
capaces de practicarlo cuando sus autoridades les sitúan
al borde de la catástrofe o, como han conseguido ahora,
en la catástrofe misma. Creo que esa es una de las
virtudes más serias del argentino: la de reírse de sí
mismo cuando dan ganas de llorar, recordando incluso
me consta que algún intelectual crítico lo ha
hecho la pequeña broma que se consintió Jacinto
Benavente cuando les reveló que con las mismas
letras de la palabra "argentino" podía
escribirse "ignorante". Ante la adversidad, el
humor es una salida saludable que, al menos, no ha sido
puesta en ración por el gobierno. Y en momentos así me
cuentan que los españoles jugamos un papel social y
esencial, ya sea para que nos den candela después de que
Iberia invirtiese en Aerolíneas Argentinas y la
condenara a la crisis, ya sea como pasto de los famosos
chistes de "gallegos", que son allí lo que los
de Lepe aquí. En uno que le han enviado por correo
electrónico a un amigo argentino residente en España se
le permite a un preso español elegir su modo de
ejecución, optando por morir de sida. Llega el médico y
le inyecta el virus, ejecución que soporta el preso con
una risa ofensiva. "¿Cómo puede reírse, si le
estoy inyectando el sida?", inquiere su verdugo.
"Es que me he puesto un preservativo", desafía
el "gallego" triunfante y partiéndose de risa. 
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