El cine nos pone de actualidad una
de las grandes piezas literarias del siglo XX: "El
señor de los anillos". Ni J.R.R. Tolkien, su
autor, ni su primer editor en el Reino Unido podían
imaginar que esa larga novela de fantasía trabajada
durante doce años pudiera proporcionarles mucha
rentabilidad. Del primer tomo se publicaron 3.500
ejemplares en 1954, del segundo 3.250 en 1955 y del
tercero 3.500 ese mismo año, desestimando la sugerencia
de Tolkien de incluir toda la obra en un volumen. La
prudencia no se limitó a lanzar tiradas de poco riesgo
una garantía para no caer en la ruina sino
que se extendió a las cláusulas del contrato,
estableciendo que las primeras ventas, hasta sufragar
gastos, no reportarían ni una libra al autor, quien se
repartiría a partir de ahí los beneficios con el editor
al cincuenta por ciento. Este acuerdo tan precavido por
parte de la editorial es el que favoreció a Tolkien y le
convirtió, consumado el éxito, en un profesor de
literatura y lengua inglesa de Oxford bastante más rico
que los de su condición. Sin embargo, "El señor de
los anillos" no se tradujo al castellano hasta 1977,
en Argentina, cuatro años después de fallecer su autor;
y no llegó realmente a España hasta 1978, simbolizando
así el retraso cultural que existía por aquí con
respecto a ciertos productos que triunfaban en el
extranjero. En tiempos en los que se emitía la versión
cinematográfica de dibujos animados, muchos jóvenes
descubrimos a Tolkien e iniciamos el acopio de sus
títulos, euforia que no desaprovechó la editorial
Minotauro, que revive ahora un éxito similar y acaba de
ser adquirida por Planeta, firma que tampoco quiso
perderse el "tolkiensuperávit" y editó en
1982 la biografía de Daniel Grotta. Sin duda, el
cine es un gran aliado de los editores. Y Tolkien un
fracasado por no conseguir un deseo confesado que no
seré el último en vulnerar: "no me gusta que
escriban sobre mí".
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