Algún humorista gráfico ya ha representado
la reunión de Bonn sobre el futuro gobierno de
Afganistán dibujando al monstruo de Frankenstein con
pedazos de las distintas etnias: que si un buen cacho de
pastunes, que si otro de tayikos, que si cuarto y mitad
de hazaras y algo menos de uzbekos, que si un poco de
grupo de Roma y una pizca del de Chipre. En realidad, la
reunión de Bonn se parece por los resultados a la que
tuvo lugar en 1816 en Villa Diodati, situada en los
alrededores de Ginebra, con diferentes propósitos.
Asistían un puñado de románticos: el poeta Lord
Byron, su secretario y dicen que también su amante William
Polidori, otro poeta, Percy B. Shelley, y su
futura esposa Mary. Para distraer el aburrimiento
nocturno convinieron en contarse historias tenebrosas,
comprometiéndose a publicarlas. Sólo Polidori, que
llevaría a la imprenta su relato "El vampiro"
una anticipación de Drácula, y la que
llegaría a ser conocida como Mary Shelley cumplieron el
encargo, esta última con su historia sobre el montaje de
un engendro compuesto por diversos trozos humanos,
ajustados por el obsesionado doctor Frankenstein. Así
nació en el siglo diecinueve un mito literario que el
cine de Hollywood se encargó de estropear en el siglo
veinte y la comunidad internacional pretende recrear en
el veintiuno, con el gobierno post-talibán de
Afganistán cosido y recosido en el laboratorio político
de Bonn. El batiburrillo se intuye difícil y ya presenta
notables incertidumbres por los tira y afloja que
dificultan su composición y salpican, antes de echar
andar, sus preliminares. Si no se levanta con las piezas
encajadas y su cuerpo fragmentario no coordina sus
movimientos, Afganinstein (llamémosle así) podría ser
un desastre de criatura; y ya tiene gracia que las
desavenencias creadas por los humanos y las diferencias
tribales los tenga que resolver un monstruo. 
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