Como el dios Jano, la memoria de Walt
Disney tiene dos caras. El mito que puso las bases de
una factoría que ha proporcionado a los niños
tantísima diversión tuvo un comportamiento personal
cuestionable. Walt Disney nació hace cien años, parece
ser que el 5 de diciembre de 1901. Y digo que parece ser
porque esta fecha fue para él tan incierta nunca
dio con su partida de nacimiento como la identidad
de sus padres, quedándose en la duda de si nació ese u
otro día, de si el matrimonio que lo crió era el de sus
auténticos progenitores o no, y de si vino al mundo en
Chicago o en Mojácar, como se rumorea por este pueblo
andaluz y sostiene con convicción uno de sus biógrafos
de última hora. Se asegura que Disney no llegó a
aclarar esos misterios, como tampoco aclaró
incertidumbres que se ciernen sobre las creaciones que le
hicieron famoso. El historiador Juan Pando traía
a cuento en un reciente reportaje alguno de estos puntos
oscuros, así como su lamento sobre Mickey Mouse
poco antes de morir: "Resulta patético que le
recuerden a uno por haber creado un ratón", frase
muy apropiada para aumentar las leyendas que se tejen en
torno a ciertas celebridades. Pero la verdad es que a
Disney, desde su muerte en 1966, no sólo se le recuerda
por las familias de ratones y patos que regaló a la
mitología infantil. Aunque nadie discute que era hombre
de ideas, sus biógrafos más severos tiran a dar y se
han propuesto sacar al fresco su cara turbia. Es la cara,
según ellos, del dibujante que no consiguió trazar a
sus criaturas como realmente las conocemos, trabajo que
perfeccionaban sus empleados en la sombra para gloria y
riqueza de su jefe; o la del delator al FBI de
discrepantes ideológicos, de anticapitalistas metidos en
el mundillo del cine en tiempos en que los poderes
estadounidenses consumaban su voraz caza de comunistas. Blancanieves,
la Bella Durmiente o Bambi conmovían, entretanto, a los
niños del mundo con su inofensiva bondad. 
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