Con eso de que en todos los partidos cuecen
cargos que acaban metiendo mano en caja, favoreciendo a
empresas amigas y colocando parentela, Felipe
González ha dicho en Valencia que el gobierno Aznar
ha acabado con la corrupción porque se la ha quedado
toda. A lo mejor es que al ex presidente desconoce la
parábola: esa del que esté sin corruptos que tire la
primera piedra, omisión posible dado que la cultura
bíblica no es su fuerte, como trascendió en pretérita
ocasión cuando viajó a Coria, donde hubo quien aseguró
que le presentaron a un niño llamado Héctor,
igual que al héroe de La Ilíada de Homero, y le
dijo "¡qué bonito nombre bíblico!". Quizá a
González le pueda el subconsciente, acostumbrado a
endilgarle la corrupción al prójimo desde que presidía
gobiernos a los que les crecían las corruptelas de
ministros para abajo. Ya entonces dejaba que la
corrupción se la comieran entera los demás, aunque
fueran de su partido. Y lo volvió a hacer en su reciente
declaración como testigo del juicio sobre los fondos
reservados, que sentó en el banquillo a ex ministros
suyos Barrionuevo, Corcuera y a
ex secretarios de Estado Rafael Vera.
No prestó ninguna luz de trascendencia jurídica que
favoreciese a sus ex subordinados, pero pronunció su
mitin particular: "pensaba que ellos no eran
objetivo de esta cacería", "en la batalla
política se introdujo el tema de la seguridad del Estado
de manera poco responsable". Con habilidad de
político cuajado, se quitó el sambenito de la
responsabilidad política, no aceptando más que la de
haberles designado, que era como decirles en público que
del decreto de nombramiento en el BOE en adelante cada
palo aguante su vela. ¿Quiso dar a entender, aplicando
esa misma regla de tres, que cuándo alguno de sus
ministros conseguía un éxito González era ajeno?
¿Trató de insinuar que un presidente de gobierno se
limita a nombrar y nada más? 
|