Pedro Antonio de Alarcón fue uno de
los primeros reporteros de guerra españoles a la
moderna. En diciembre de 1859, cuando tenía veintiséis
años y no era todavía el conocido escritor que
llegaría a ser, se embarcó para África a cubrir la
guerra de España contra los marroquís. Las primeras
líneas de su primera crónica, escrita en Málaga,
delataban el fervor patriótico con el que asumía su
empeño, dejando al descubierto su parcialidad.
"¡Al fin amaneció el día de nuestra marcha! ¡Al
fin vamos a participar de los peligros y de la gloria de
nuestros hermanos, que luchan y mueren como leones al
otro lado del Estrecho!". Los reporteros de guerra
actuales no viajan, como entonces, a participar de la
gloria de nadie, pero sí de los peligros. Y el asesinato
en Afganistán de Julio Fuentes y los tres colegas
que le acompañaban nos ha forzado a admirar el trabajo
de estos aguerridos profesionales, de estos temerarios
que a poco que se despistan entran en lo que Pérez-Reverte
denominó "territorio comanche", el lugar
en palabras suyas donde el instinto dice que
pares el coche y des media vuelta, el lugar donde no ves
fusiles pero los fusiles si te ven a ti. Y todo ese juego
en el que la vida del corresponsal es la moneda con la
que apuesta no tiene otro sentido que entretener a
quienes con comodidad, plácidamente, sin contratiempos,
leemos las noticias a muchísima distancia, removiendo el
azúcar en el café o sentados a nuestras anchas en el
sofá. Qué más da dónde leamos, si al final resulta
inevitable el destino sobre el que avisó Lippman
a los periodistas: ese de que tus grandes exclusivas de
hoy envolverán el pescado de mañana. Se elogia ahora a
esta especie de raros que van por el mundo y se
autocalifican de "tribu". Y sin embargo la del
reportero bélico es una especialidad que ojalá se
extinga; que ojalá llegue el día en el que no haya
guerra sobre la que informar. 
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