Mejor cabras que burócratas

JOSÉ FERRÁNDIZ LOZANO [www.joseferrandiz.com]

22 noviembre 2001

En algunas cosas, Miguel Hernández no debió ser tan complicado como la Fundación que lleva su nombre. Cada vez que pienso en este poeta-pastor al alimón me viene a la memoria la escena que relató Pablo Neruda en sus memorias, esa escena en la que el poeta chileno reconoce que en sus días de cónsul en Madrid quiso ayudar al de Orihuela a buscar trabajo. Se lo consiguió gracias a un vizconde que era funcionario de un ministerio, quien se prestó a nombrar al poeta de provincias para algún puestecillo burocrático; pero Miguel Hernández, cuando oyó la noticia de boca de Neruda, no se calló sus íntimos deseos: "¿No podría el vizconde encomendarme un rebaño de cabras por aquí cerca de Madrid?".

A Miguel Hernández, por lo visto, no le sentaba nada bien la burocracia. De ahí que una de las iniciativas de peor gusto fuera crear la Fundación ídem al calor del cincuenta aniversario de su muerte en 1992, al calor de una efeméride rica en celebraciones y amplia en cobertura de los medios de comunicación, que es lo que seduce a los políticos. Y claro, cuando se dispone de un patrimonio cultural excepcional hay que saber en qué manos se pone, a más de intuir que son legión los cargos públicos que practican la falta de palabra y el intervencionismo. La Fundación Miguel Hernández es, por tanto, el ejemplo al revés. Cuenta con cinco instituciones políticas en su patronato. Si poner un legado cultural en manos de una institución política es un riesgo, ponerla en manos de cinco y esperar a que se pongan de acuerdo es pura calamidad. Y así tenemos a Lucía Izquierdo, la nuera del poeta, quejándose de que todo lo que rodea a la Fundación está en abandono. Es un quejido justo, vale; pero en modo alguno novedoso. Porque esas cosas pasan cuando se depende de presupuestos públicos y burócratas interinos. Y quizá por ello el poeta prefería las cabras.