En las últimas semanas he podido ocultar,
más o menos sin contratiempos, mi interés por cierta
mujer de treinta y seis años. Sin embargo, no aguanto
más. Confieso que aunque no he dicho ni pío no me la
quito de la cabeza. Es rubia, escocesa, se separó de un
portugués y atiende por Joanne Rowling. Tuvo la
feliz idea de inventarse el personaje más rentable que
existe desde 1997: Harry Potter, el chiquito de
once años con poderes mágicos que se ha colado, con
cien millones de ejemplares vendidos de sus cuatro
novelas traducidas a la tira de idiomas, en la fantasía
infantil de más de medio mundo. Y aunque en estos cuatro
años he sobrevivido ajeno a este éxito imparable, paso
a reconocer que, a los sones que anuncian la película
del título que abrió la serie, padezco un curioso
interés por su autora, sobre todo al enterarme que su
creación le ha reportado de momento una fortuna que, al
cambio en pesetas, se eleva a dieciocho mil millones. No
está nada mal para quien, después de su separación, se
agarraba a escribir en un café de Edimburgo porque el
subsidio que cobraba no le daba para calefacción en
casa. Y lo bueno es que ya en la primera novela Rowling
demostraba adivinación, poniendo en boca de un
secundario esta premonición: "¡Será famoso
una leyenda
no me sorprendería que el día de hoy
fuera conocido en el futuro como el día de Harry Potter!
Escribirán libros sobre Harry
Todos los niños del
mundo conocerán su nombre!". Sé que lo pone porque
no he podido resistir la tentación de leer "Harry
Potter y la piedra filosofal", animado no por las
correrías del protagonista sino por afán de resolver el
interrogante más crucial: ¿qué hay que hacer para
ganar enormidades de dinero en tan poco tiempo? Rowling,
según veo, lo tiene tan claro que no alcanzo a discernir
quién es el verdadero mago en esta historia: si su
criatura o ella. 
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