En las páginas que le trabajó no hace
mucho Nuria Escur a Enrique Iglesias para
el suplemento "Magazine" contaba la periodista
cosas sorprendentes que vienen a confirmar que la
práctica de la entrevista, especialidad muy apreciada
por los lectores, es a menudo un reto difícil cuando las
declaraciones del entrevistado no dan para mucho. Este
mismo contratiempo lo sufrió la mentada periodista con
el cantante, quien para calentar le obligó a perder dos
horas de su tiempo antes de prestarse al trueque de
preguntas por respuestas. Y no es que el exitoso Iglesias
se mostrara esquivo o se negara en redondo, no. El motivo
era más trascendente y estético: no encontraba el
colgante que le hace de amuleto. La escena que relata la
entrevistadora no tiene desperdicio: "En el hotel
Arts de Barcelona revolvieron cielo y tierra, los
teléfonos no dejaron de sonar hasta que apareció el
famoso amuleto y, ya tranquilos, tras su noche de resaca
con una encantadora rubia peso pluma que se despidió
allí mismo, pudimos empezar el diálogo en tres
escenarios distintos: bajo las cascadas de agua del
hotel, en un coche hasta el aeropuerto y dentro de un
avión, un G-4 de factura americana, que debía llevarlo
en privado hasta la gala de la Hispanidad en
Sevilla". Estoy seguro de que la mítica Josefina
Carabias de los años treinta por citar
ejemplo se hubiera marchado, a mitad de búsqueda,
a redactar el encargo, como decidió el día en que se
inventó una entrevista con Valle-Inclán. Pero el
acabado de Nuria Escur debe ser de otra pasta y esperó,
sin sucumbir a las extravagancias del hijo de la Preysler.
No cabe duda de que el colgantito funcionó e inspiró al
divo manifestaciones de sublime prosa castiza como ésta:
"A mí, cuanto más me dicen que hago una mierda
más me envalentonan", por lo que me atrevo a
sugerir públicamente que no se metan más con él, no
sea que se nos siga envalentonando. 
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