Irrumpe encandilando con su voz y está
llamada a ser una estrella. El éxito que ya tiene, lejos
de subírsele a la cabeza, le deja perpleja, como si se
preguntara eso tan redicho de qué he hecho yo para
merecer esto. Pasión Vega no es todavía mito,
pero será. Aunque aún son muchos los que ignoran su
nombre, de esta joven cantante de veintitrés años que
nació en Madrid, se crió en Málaga, estudió
magisterio y saltó según me informa mi vecina,
que le ha oído en una entrevista por radio del
coro de la Iglesia al escenario, se han dicho cosas como
que es "sinónimo de apoteosis", que "no
se puede cantar mejor que ella lo hace" y que
"es un punto y aparte en esto de la copla". Hace
meses oí cantar a Pasión por primera vez. La oí en el
coche, con Cadena Dial sintonizada. Sonaba "La vida
en gris" y cuando el locutor pronunció su nombre
traté de retenerlo en la memoria para irme esa misma
tarde a comprar su último CD. Pasión Vega no canta
sólo coplas, pero cuando le da a este género tan
tradicional sucede que su voz, su forma de vestir y su
manera de cantar aportan modernidad. El suyo es un estilo
de revolución, como lo fue el del llorado Carlos Cano.
Y esa revolución moderna es la que le permite la
que le va a permitir conectar con nuevos públicos
a los que la copla, por qué no vamos a decirlo con
claridad, les trae sin cuidado gracias al delirio en
falso que representan las Pantojas, Marujitas y similares
que han puesto freno a toda evolución, quedándose en
secuelas imperfectas de aquellas Concha Piquer o Juanita
Reina, que dicen los expertos que son las míticas.
De ese histrionismo de moño y de peineta, de exagerada
vestimenta, volantazos y gorgoritos vocales que vuelven
loca a la galería es de lo que Pasión Vega nos está
salvando. ¡Que Dios nos la conserve!

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