El caso Gescartera se supera. Es la versión
real de la aventura del mosquito que nació en un barril
y creía disponer de un gran espacio. Al cabo del tiempo
descubrió un agujero y salió a la despensa,
admirándose de su amplitud. Tras habituarse a revolotear
a sus anchas, vio luz filtrándose por una grieta y se
dirigió a ella. "¡Esto sí que es espacio!",
exclamó al salir. Viene a pelo la comparación porque el
universo de Gescartera es cada vez mayor, con lo que
parecemos mosquitos asombrados. Incluso ha conseguido que
el selecto manojo de señorías parlamentarias que
participan en la Comisión de investigación conviertan
al Congreso en una casa de citas. Los grupos de la
comisión han proporcionado sus respectivas listas de
citados a declarar. Y no hay más que revisarlas para
entrever que los partidos, especialmente los
mayoritarios, parecen más interesados en cubrir de
implicaciones al rival político, tapando las vergüenzas
propias, que en llegar al fondo de la cuestión con
objetividad, como ingenuamente desea el contribuyente.
Del cruce de manifestaciones sabemos que hay populares y
socialistas que mantuvieron tratos con Gescartera; que el
chiringuito se constituyó cuando gobernaba el PSOE, a
quien los populares acusan de no haber velado por la
pureza de la creación, y engrandeció gobernando el PP,
cuyos controles no adivinaron el desaguisado, subrayan
los socialistas. El caso es que los populares están de
los nervios espantándose la pulga molesta de Gescartera
cada vez que uno de los suyos aparece ligado a la firma.
Lo mismo que los socialistas, que notan como algunos de
sus militantes pueden estropear ese intento de equilibrio
en la historia de la corrupción española que consiste
en adjudicarle al gobierno de Aznar un escándalo
a la altura de los que salpicaron los gobiernos de Felipe
González. Y claro, la incertidumbre es grande para
el ciudadano, que ignora si da más tranquilidad que
éste sea un caso del PP o del PSOE. 
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