Si en algún momento ha oído que un
escritor es capaz de cualquier cosa, no se alarme: ha
oído bien. Sin ir más lejos, acabo de leer en un
conocido diario digital una columna titulada
"Anécdotas para el verano". Y hay que ver qué
pena me ha dado. El autor, necesitado sin duda de cariño
lector, no nos cuenta anécdotas, su intención es otra.
Empieza informando que hay una editorial que publica
anecdotarios en formato de bolsillo y que ha tenido
"el placer" de encontrar en la colección uno
suyo, naturalmente en compañía de otros nombres
reconocidos, manera sutil de advertirnos que estamos ante
un libro de nivel. Tras algunas divagaciones que
interrumpen este primer impulso de autopublicidad, el
columnista pasa a relatar que en la radio le han
preguntado, aprovechando que su obra se centra en la
antigua Grecia, en qué biógrafos se ha basado,
transcribiendo la respuesta para que el lector del
artículo conozca sus fuentes. Pero no es eso todo.
Resulta que nos revela que muchos de los personajes
citados en su simpático repertorio tienen calles
dedicadas en tantas ciudades griegas que "los
viajeros a los que les gustan las guías y los libros de
historia, como diría un buen publicista, encontrarán en
este libro docenas de datos muy curiosos". ¿Que
usted no piensa ir a Grecia? Pues no se preocupe: por eso
no se va a escapar. Afortunadamente estamos en verano y
los anecdotarios de bolsillo, según este autor,
"por su tamaño, por su contenido tan riguroso como
ligero, y por su precio, son muy recomendables para
viajes y para playa", con la ventaja añadida
no se resista más de que "si el libro
se lo lleva una ola, uno sólo pierde 825 pesetas".
Lo que no explica en ningún momento el voluntarioso
publicitario es por qué, siendo aficionado al
pensamiento griego, se aplica la españolísima
filosofía del yo me lo guiso, yo me lo como. 
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