El beso de Londres

JOSÉ FERRÁNDIZ LOZANO [www.joseferrandiz.com]

30 junio 2001

Quitando el beso bíblico de Judas, que eso no hay quien lo iguale, nunca un ósculo ha dado tanto que hablar como el tímido, rutinario, frívolo, ñoño, desapasionado y directo a la mejilla que se han cruzado en público Carlos de Inglaterra y Camila Parker Bowles. Y eso que no fue un beso de tornillo, de los que se practican en Hollywood y agradan a la audiencia.

Ignoro cómo se tomarían en Gran Bretaña un beso así, de los de instinto básico, pero aquí entre españoles, dadas nuestras querencias hacia lo británico, seríamos capaces de alentar algún consenso patrio con tal de ver un beso de tornillo del Príncipe de Gales; capaces de comprometernos por una temporada a no guardar rencor por el agravio de la batalla de Trafalgar, a dejar atado en la compuerta del submarino Tireless a nuestro ministro de asuntos exteriores y así demorar la próxima reclamación de Gibraltar, a darle candela al comentarista deportivo que se atreva a mentar el gol de Zarra a la "Pérfida Albión" en Maracaná, y —lo que es más importante para la seguridad del imperio amigo— a jurar por la gloria de nuestra madre que no les mandaremos más a Bienvenida Pérez.

Lo que ocurre es que las formas son las formas, y no todo van a ser concesiones a la galería. Guste o no guste, el príncipe Carlos ha demostrado ser un señor, pues una cosa son los actos públicos y otra su facilidad de palabra al teléfono, como demostró en aquella conversación interceptada de 1989, transcrita y aireada cuatro años después por la revista australiana "New Idea". Aquel toma y daca de línea caliente en el que no sólo aspiraba a convertirse en "tampax" de su querida sino que le susurraba cosas tan simpáticas como "¿te lleno el depósito?", "viviría dentro de tus pantalones" o "voy a apretar el botón, la tetilla del teléfono", esta última para despedirse.